lunes, 2 de junio de 2008

Soledad exquisita

(Primer cuento "serio" que subo, espero que lo lea el que entre y que deje opiniones o mande un mail... Nos vemos)
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Salí de la oficina a las seis y media como todos los días, y como escapándome me fui ni bien se me presentó la oportunidad ya pensando en la película que iban a pasar a las diez, en la comodidad de mi casa; las imágenes de los avances se sucedían una tras otra sobre mis ojos que como en sueños despiertos no hacían más que cerrarse una y otra vez.
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La jornada había sido cansada, la semana se estiraba más de la cuenta, se hacía larga y tediosa. Llegué al estacionamiento agitado del apuro, y descubrí con satisfacción mi moto como un potrillo domado esperándome cauta y servil en su espacio, donde la había estacionado. Sin esperar, saludé a los muchachos con un ademán indiferente y me fui nomás cabalgando sobre mi corcel motorizado, sintiendo ya en mi pecho el galope empecinado, los latidos vitales, retumbando hasta mi garganta.
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Me adentré por entre las calles de la ciudad, y ya de mis manos era el destino de mi cuerpo, y ya de las ruedas alineadas pendía mi suerte como conciente de la inapelable certidumbre con la que contaba (acaso habría de aprovecharse eventualmente). La ciudad se me hacía ajena o yo me sentía quizá fuera de mí mismo; cada esquina que pasaba era una niebla intrascendente, un halo grisáceo, tosco y aburrido, el ruido de los autos, las bocinas y las alarmas se sentían calladas, lejanas, como si no estuvieran, y las personas estaban como quietas, impertérritas, no tenían rostros o algunas ni siquiera existían. Era solamente yo en mi soledad exquisita, en la divina esencia del egoísmo inofensivo, andando por entre un océano de nada en especial, sólo mi propia persona, mi balsa náufraga, una pluma al devenir del viento, divisando a lo lejos mi casa que como una isla perdida me esperaba allá, figurando en un anhelo mi cuerpo sentado, la televisión encendida y un cigarrillo ardiendo entre mis dedos, forjando el apogeo de una noche que esperaba memorable tal vez como un esclavo sueña su libertad desde su pozo, mirando hacia el cielo; la ansiedad no daba lugar a lo demás.
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En algún punto, empero, la armonía se deshizo como si se cernieran cadenas alrededor de mi cuello, y la realidad se me presentó sanguínea y definitiva en su entereza abrupta, apelmazada en un momento, y ya no tuve más lugar a rechazarla o a hacerla a un lado de mi cuerpo. Aún hoy no puedo recordar con exactitud, no sé cómo fue que pasó, pero quizá si hubiera prestado más atención a todo lo que acontecía a mi alrededor hubiera podido aferrarme a la deliciosa vaguedad de la que hasta entonces me había imbuido plenamente; hubiera, hubiera, de qué servirá decirlo ahora, tiempo verbal tan absurdo y a su vez melancólico, mercenario.
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De repente me encontré tirado sobre el asfalto que olía a humo, entre gritos y sirenas que penetraban dentro de las heridas de mi cuerpo en un aturdimiento desmedido, rodeado de personas, que apenas y tenían facciones, que me miraban entre sorprendidas, alarmadas y curiosas; recuperé el conocimiento y me sentí turbado: estaba todo embadurnado por mi propia sangre, pero no era presa del dolor y sí, sin embargo, del hastío.
Si todo lo que yo quería era llegar a mi casa, nada más; seguí echado en el piso y nadie decía nada, sólo me miraban; algunos hablaban entre ellos, algunos otros reían, y para mí eran escoria entrometida; pidieron ayuda por teléfono a instancias de una anciana que alarmista no cesaba de gritar. Yo no podía entender por qué tanto alboroto, si yo ya había despertado; les dije una y otra vez que ya me sentía bien, desde el lugar en donde caído; no me hacían caso, parecía como si no pudieran escucharme o simplemente disfrutaran del hecho de ignorarme y sacarme de quicio .
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Me puse de pie casi de un salto, porque quería terminar con todo ese alboroto que crispaba mis nervios, y no sólo no sentí ningún dolor sino que además mis piernas parecían deslizarse sin tocar el suelo, mis labios sonreían sin que yo me sintiera alegre, mi estómago clamaba una saciedad colmada de satisfacción; quizá de eso que algunos llaman felicidad, mentiras, verdades, narcóticos del alma urbana y civilizada. Recordé mi moto; la busqué asiduamente entre el gentío, y con pesar la encontré sobre la vereda como chatarra en una bola de metal malformado e inservible, rota; lamento del alma, caballo taimado. Al parecer el golpe había sido duro, quizá hubiera sido mejor haber usado un casco, qué sé yo (sí, otra vez hubiera). Había chocado con un falcon que no había sufrido ningún daño; los dueños del auto esperaban mordiéndose las uñas, fumando a un lado del camino, con los papeles del seguro en la mano y la acérrima idea de echarme la culpa a mí clavada en la mente; se les notaba de lejos bien argentinos.
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Me sorprendía que nadie me hablara, que entre tanta desesperación ajena nadie hubiera preguntado si estaba bien, si necesitaba algo; se empeñaban en seguir pidiendo ayuda, todos muy preocupados. Mi cabeza experimentaba un mareo plácido; ¿qué hora sería? Las siete, las ocho, qué importaba; aún estaba confundido, y la película que me esperaba en casa era ya una obsesión, una lujuria necesaria, una caricia de la vida, una grieta en la rutina del destino monótono que me venía atormentando calmadamente, gota a gota, el ojo del huracán sobre el desierto, el tiempo como un titán egoísta, sus pies sobre mi cabeza.
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Como nadie al parecer estaba dispuesto a ayudarme, me abrí paso entre la gente y comencé a caminar. Avanzaba despacio, dando cada paso con cuidado, temeroso; caminaba pero no caminaba, porque avanzaba y no sentía el piso bajo mis pies, pero tampoco flotaba. Mientras seguía mi rumbo, me extrañaba que nadie se volteara a observarme como me habían observado hasta entonces. En el lugar había cámaras de diversos medios, periodistas, un sinfín de gente, un alboroto urbano, y las miradas no se me acercaban, y las palabras no hablaban de mí, y las lentes de las cámaras no me enfocaban ni los micrófonos grababan mis miserias terrenales, sus alegrías; no, todos rondaban el lugar en el que había caído, del que ahora me había alejado.
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Al poco tiempo vi llegar una ambulancia que se acercó a ese lugar; sus puertas se abrieron, ella expulsó una camilla junto con dos enfermeros veloces; grité y grité que no era necesario, que ya estaba bien, pero no me escuchaban. Me acerqué de nuevo a aquel sitio con la esperanza de aclarar las cosas, y no pude más que quedarme callado al ver mi propio cuerpo despedazado, inerte sobre la camilla, tragado por el mastodonte blanco, alejándose poco a poco junto con el clamor de la sirena que se perdía en la distancia, y sus colmillos de marfil que se clavaban nefastos en mi memoria. Tragué una, dos veces. Al fin y al cabo nada era tan diferente; pensé en esa película, el mundo se fue deshilachando como ya lo había hecho alguna vez, ajeno a mí, la ciudad como un espectro manso, las voces un arroyo olvidado, los hombres sin rostros, mis horas solamente mías; seguí adelante.