
Todos los días tomamos decisiones que indefectiblemente repercuten sobre los hechos que nos tocan vivir en el futuro, y al ser conscientes de ello nos sentimos presionados por no cometer errores, presionados por la sociedad que nos empuja a dudar de decisiones que a veces no se condicen con la voluntad popular, presionados por los medios de comunicación que establecen pautas implícitas y normas de comportamiento que rigen qué es correcto y qué no lo es, y esa presión nos hace estar todo el tiempo nerviosos y preocupados, lo cual nos impide vivir la vida felizmente. Todos los días elegimos y descartamos, confrontamos y esquivamos, aprendemos y olvidamos, y al final del día, después de todo ese ajetreo cotidiano que ya sentimos cuanto menos normal, estamos exhaustos y no tenemos tiempo para relajarnos ni para disfrutar de la vida, o si lo tenemos es escaso e insuficiente, y no nos permite hacer lo que, en definitiva, realmente deseamos hacer. La sociedad en general, esa masa de gente que nos incluye a todos, vive al compás de un tiempo que es tirano.
El tiempo se ha convertido en una especie de cadena que nos ata y nos condena a su capricho, una cadena de la que todos somos esclavos, una cadena oxidada que no nos permite ningún progreso y, lo que es peor, nos da una falsa idea de felicidad, una sensación falaz de bienestar con la que nos conformamos, un sentimiento que eventualmente no nos deja nada más que un sabor amargo en la boca y las manos vacías.
¿Por qué para sobrevivir en estos tiempos es necesario correr de un lugar al otro sin respiro durante toda la jornada? La vida se nos hace un frenesí caótico que, sin embargo, aceptamos creyéndolo necesario e inevitable, y ante ese panorama nos planteamos metas y objetivos que están muy por debajo de lo que en realidad añoramos o deseamos, y aquella mediocre esperanza de progreso a la que nos aferramos nos retrae a tal punto de impedirnos alcanzar algo mejor. El tiempo ha pasado a ser el protagonista esencial de cada una de nuestras decisiones, el factor fundamental que contemplamos a la hora de elegir, y cuando nos detenemos por un instante, irónicamente, no tenemos tiempo para hacer nada; ya no nos fijamos ni apreciamos la calidad de las cosas, lo único que importa es la eficacia, la velocidad, mientras más rápido mejor.
Trabajamos cada día para satisfacer necesidades externas a la labor que realizamos, y el trabajo se convierte así en algo tedioso e indeseable porque no se condice con lo que deseamos; la creatividad del hombre, su capacidad de desarrollo, se ve oprimida por las imposiciones de un sistema laboral que nos impide ser independientes, ya que son pocos los lugares (la mayoría ubicados en países del primer mundo) en donde el trabajador puede liberarse y realmente disfrutar del trabajo más allá de las satisfacciones mínimas.
En fin, todos los días vivimos la vida apurados sin detenernos en ningún momento a apreciar aquello que nos rodea ni a buscar algo más, vivimos sometidos por el tiempo, las manecillas que giran inapelablemente mientras la vida va pasando, los relojes que laten en una presión certera y cotidiana. Viendo este panorama, ¿acaso no podemos aspirar a algo mejor?
En fin, todos los días vivimos la vida apurados sin detenernos en ningún momento a apreciar aquello que nos rodea ni a buscar algo más, vivimos sometidos por el tiempo, las manecillas que giran inapelablemente mientras la vida va pasando, los relojes que laten en una presión certera y cotidiana. Viendo este panorama, ¿acaso no podemos aspirar a algo mejor?
1 comentario:
Tal cual...
Eii me hice un blog,no tan bueno,pero un blog al fin
Publicar un comentario